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Mercè Quesada Amador

Directora

H

ace poco tuve ocasión de asistir a

un encuentro de antiguas alumnas.

Ese encuentro fue toda una expe-

riencia. Me encantó. Hace años no

me hubiera encantado. Pero ahora

sí. ¿Moraleja? Soy diferente en mí

misma. Y eso me da muchas espe-

ranzas. Porque esa evolución que

yo sentí era la prueba fehaciente de que si tienes una

piedra en el zapato, al final, de tanto pisarla o de tanto

moverla, la acabas expulsando… Y todo pasa, y todo

queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo ca-

minos, caminos sobre el mar… Qué grande, Macha-

do… Así es… Me explico: Cuando yo era pequeña

crecí acomplejada por mi físico, de grandes dimensio-

nes, por decirlo con eufemismos. Además, era más

bruta que un arado, nada princesa, vaya, y en el co-

legio lo pasé mal. Había niñas brillantes, otras líderes,

y yo era de ese montón amorfo con el que fácilmente

puede caerse en la broma fácil. Así que mi etapa de

Educación General Básica fue más bien gris. Luego

pasé a estudios superiores y fui ganando en seguri-

dad. Seguía siendo caballote y seguía perteneciendo

a ese montón medio invisible. Pero ya no me impor-

taba tanto. Mi entorno familiar y otros círculos a los

que me iba abriendo me oxigenaban continuamente

y me quitaban tonterías de la cabeza y me situaban

en epicentros muy diferentes. Sin embargo, con el

paso de los años, si en alguna ocasión me enteraba

de que había algún encuentro de antiguas alumnas,

huía como de la peste. No tenía buenos recuerdos.

Pero, mira tú por dónde, la cosa ha ido cambiando.

En mi camino vital he tenido la oportunidad de for-

marme en materias varias que me han aportado re-

cursos propios y de encontrarme con personas de las

que he aprendido que la lectura está en tu mirada, y

que ésta hay que modificarla en muchas ocasiones o

despojarla de prejuicios. Ambas cosas, la formación y

la interacción, han pasado un filtro: el de la voluntad

por aprender y el de la resiliencia. Y a mi edad, creo

que puedo decir sin vanagloriarme, que tengo algo de

ambas cosas. Así que mi mirada sobre el encuentro

de antiguas alumnas cambió y supe que ya no era

aquella persona, o sí que lo era, pero que le había

puesto otras gafas a través de las cuales no veía eno-

jos antiguos y pueriles. Y me lo pasé bomba. Me reí

y me quedaron muchas ganas de repetir. De vuelta a

casa iba yo analizando lo que había pasado y cómo

había variado mi perspectiva y mi ubicación en ese

cuadro escénico cuando percibí claramente que era

trasladable a cualquier escollo. Que lo del tiempo es

real, que lo de la distancia espacio/tiempo funciona si

quieres que funcione y que las aguas siempre recu-

peran su estado cristalino tras haberlas removido. El

barro vuelve a descender hacia el lecho del río porque

pesa demasiado. Y el agua, de nuevo, refleja el cielo

y paisajes maravillosos, que es hacia donde siempre

deberíamos mirar. Gracias a mis yo por darme tanto, y

a todas esas personas que, a mi alrededor, aseguran

un mundo siempre mejor.

De diferentes

en uno mismo

editorial

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