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horas de las que he echado nunca, pero mi sensación

es como de no trabajar. Lo peor es que a veces me siento

bastante solo, la verdad, porque veo la evolución de la

gente de mi edad, de mis amigos, con sus hijos, su familia,

su trabajo de lunes a viernes, y bueno, es la soledad del cre-

ativo. También son momentos necesarios, a veces, que sen-

timos todos.

v

: ¿Escribes tú mismo los textos de tus monólogos?

¿Qué te inspira?

- JD:

Pues sí, todo lo escribo yo. Me inspiro en lo que se

inspira la comedia, en aquello que la gente pasa por alto

por la rapidez con la que vive, el humor observacional, que

funciona muy bien. También me inspiro en cosas que me

han pasado; del dolor nace la mejor comedia, de las situa-

ciones que he vivido, desengaños amorosos, también hay

bastante filosofía... Me inspiro en situaciones cotidianas

que vivo o veo.

v

: “La capital del pecado”, por ejemplo, surgió del

desamor...

- JD:

Sí, nació de un desengaño amoroso. Es un monólogo

que combina teatro, filosofía y muchas risas partiendo de

una base muy común como son los pecados capitales.

Surge en un momento de debilidad emocional, en el que

experimenté en mis propias carnes el desamor. Veinte días

visitando mis sombras en soledad. A partir de ahí cogí boli

y papel y empecé a canalizar todo en forma de creatividad.

Y esta obra es lo que salió. Llevo dos temporadas y vamos a

por la tercera. La ira o la rabia son sitios muy productivos

para crear. En comedia siempre nos dicen que no pasemos

por alto la ira, que es la mayor fuente de creación, desde

ahí salen los mejores chistes. El monólogo tiene mucha

verdad y el público la verdad la siente, la huele.

v

: ¿Cómo conseguiste tu primer papel protagonista

en televisión, en “El incidente”?

- JD:

Es una serie espectacular, muy innovadora, cuando

la vimos nos pareció casi como una película de cine, con

un elenco de lujo. Tengo uno de los papeles principales,

con Pepa Aniorte somos los que llevamos la trama. El

papel me salió precisamente por el monólogo “La capital

del pecado”. Eva Leira y Yolanda Serrano (directoras de

>>

casting), estaban buscando a uno de los protas, Ribero.

Hicieron un casting por todos lados y no encontraban a

nadie. Una chica que fue a ver el monólogo les habló de mí,

y por lo visto era la tercera persona esa semana que les

hablaba de mí, y eran actrices, no representantes que inten-

tasen “colar” a su representado. Me llamaron, fui a hacer

pruebas y al final salió. Fue todo muy casual.

v

: La mujer y el humor: ¿hay vida más allá de Eva

Hache? ¿Quiénes son tus humoristas favoritas?

- JD:

Están Sara Escudero, Carolina Noriega, Virginia

Riezu, Sara Marchena, Eva y qué... Son cómicas que tienen

muy buen tirón; se han abierto un camino que demuestra

que la comedia de mujeres funciona. Es cierto que la come-

dia también tiene un punto de soledad, de hacer muchos

kilómetros solo, y cuando he hablado con amigas cómicas,

es como que se les hace más durillo, porque llegas ahí al

local, llegas a los bares... y es duro. Siempre que he hablado

con ellas me han sacado ese tema. No es cuestión de que

sean mujeres, o de que sean mejores o peores, sino de que

hay que tenerlo muy claro y es difícil. También es cierto

que hay locales en los que el público o el que programa el

espectáculo tiende a preferir hombres. Aunque parezca

mentira aún hay alguna reticencia en ese sentido, de decir

“yo prefiero hombres”.

v

El incidente... del patuco

“Durante el rodaje de la serie “El incidente” tuve una epididimitis (inflamación del

epidídimo, el conducto que conecta el testículo con los vasos deferentes).

Mientras rodaba tenía que ir con una silla, porque al estar de pie mucho rato me

dolía mucho el huevo, tenía que sentarme. El médico me dijo que tenía que tener

el testículo con calorcito. Fue muy gracioso porque yo iba con una silla por el

monte, toda la gente lo sabía. Un buen día Marisa, una compañera de vestuario,

me hizo un patuco para el huevo. ¡No veas cuando me lo dio delante de la gen-

te! El patuco era de lana, rosa y tenía como un lacito arriba para poder ajustarlo,

para que el huevo estuviese caliente. Me lo puse y aparecí un día con el patuco

puesto. Decía la gente “vamos a cambiar el nombre de la serie, en vez de ‘El in-

cidente’ se va a llamar ‘El huevo de Ribero’”.

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